la pastoral

Cuando era un niño deseaba convertirme en adulto.

Me miraba al espejo haber si crecía rápidamente en altura, y observaba si me crecía la barba, me gustaba la vida del adulto, llena de retos y emociones, con dinero en los bolsillos (así lo veía yo). Me conformaba con la paga semanal que me daban mis padres (eso sí, si me portaba bien).Cuando comíamos juntos toda la familia, recuerdo que mi padre era el primero en ser servido a la mesa, mi hermana y yo le decíamos a nuestra madre: “que cara la de mi padre,” que siempre comía el primero; mi abuela, que ya está con el Señor, nos contestaba: “Cuando seas padre, comerás huevo.” La verdad que no entendía ese refrán, porque era un niño. Ahora que soy adulto, y aunque parezca mentira, me encantaría ser un niño, con mi paga, y mi turno a la mesa, aunque fuera el último. Veo a mis hijos jugar y reír y disfruto tanto al verlo con una sonrisa, porque ellos no entienden de crisis, de gastos de alquiler, coche, gasolina, seguros, comida, teléfono, juguetes, ropa, agua, luz, de malos entendidos,… Su preocupación es pasarlo bien, comer cuando tienen hambre, dormir cuando tienen sueño y estudiar. Cuando se pelean y lloran al ratito están jugando como si nada hubiera pasado ¡como me gustaría ser un niño! No entienden de rencores, resentimientos, raíces de amargura…
Cuando a su hermano/a le pasa algo, saltan corriendo para defenderse el uno al otro, si les pasa cualquier cosa se ponen a llorar de preocupación el uno por el otro ¡Cómo me gustaría una iglesia llena de niños! Una iglesia que no entiende de preferencias entre los unos y los otros, de excusas increíbles ante la necesidad del otro, de egoísmos donde sólo cabe el “yo” y “el que me cae bien.” Pero como decía mi abuela: “Cuando seas padre, comerás huevo.”

 

La paz del Señor.

Francisco L. Fernández Martínez.